11 noviembre 2009

Anibal Ford in memoriam (1934-2009)

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Esta entrevista fue realizada para el CD/Libro Comunicación Digital: Competencias Profesionales y Desafíos Académicos de la Red ICOD.

Profesor de Teoría de la comunicación y Teoría del periodismo en la Universidad de Buenos Aires hasta su fallecimiento. Dirigió la Maestría en Comunicación y Cultura en Ciencias Sociales de esa Universidad.

Tuvo una activa militancia en campo político social y es quizás uno de los docentes que han pasado por las aulas de Ciencias de la Comunicación de la UBA que adquirió mayor respecto de parte de sus alumnos por su compromiso nacional y popular.

El fordismo (in memoriam Aníbal Ford)
Aníbal fue muchas cosas además de profesor universitario. Por sólo algunas de ellas hubiera entrado en la memoria cultural de este país.
Por P. Alabarces en el Diario Crítica de la Argentina


El viernes a la mañana se nos murió Aníbal Ford, a los 75 años, por culpa de un cáncer. Es posible que la noticia no le diga nada a nadie por fuera de la comunidad académica, aunque eso incluye a algunas decenas de miles de estudiantes y graduados de periodismo de la Argentina y América Latina, que lo leyeron y admiraron, y entre ellos sus alumnos de Comunicación de la UBA, que lo tuvieron veinte años a su disposición para reírse y asombrarse en sus clases. Fueron apenas veinte años, porque entre 1974 y 1987 Ford estuvo fuera de la universidad, gracias a la dictadura.

Aníbal –permítanme la confianza, que será explicada más adelante– fue muchas cosas además de profesor universitario. Por sólo algunas de ellas hubiera entrado en la memoria cultural de este país: participó de los equipos inventores de la empresa editorial más democrática de la historia, la de Eudeba, que la dictadura de Onganía expulsó y que se reconvirtió en el Centro Editor de América Latina. Empresa democrática: libros baratos de a miles, una apuesta político-cultural por el conocimiento popular que no se ha repetido. Y también, como el profesor de Letras preocupado por el periodismo que era, fue el primer estudioso de la obra de Rodolfo Walsh, en 1972. Y luego inventó la entrada de los productos de la cultura de masas en la academia, cuando dictó Introducción a la Literatura en la UBA camporista de 1973: junto a Eduardo Romano y Jorge Rivera estaba fundando nada menos que los estudios sobre cultura popular. También fue secretario de redacción de Crisis, la revista políticocultural ejemplar de nuestra memoria editorial. Y además fue el primer biógrafo de Homero Manzi. Y ya era un promisorio cuentista, que había publicado Sumbosa en 1967.

Pero llegó la dictadura, y Aníbal se guardó en el exilio interno, expulsado de la universidad y del periodismo. La producción de esos años silenciosos recién apareció en 1987, cuando junto a Rivera y Romano compilaron Medios de comunicación y cultura popular, los temas que, insisto, ellos tres habían fundado en una universidad que todavía ninguneaba esas preocupaciones; y en 1988 apareció Desde la orilla de la ciencia, donde anunciaba sus nuevas direcciones. Cuando lo convocaron nuevamente a la UBA, ahora para dictar una cátedra en Comunicación, las puso en acción: se dedicó a los estudios sobre comunicación y cultura pero dándoles un giro teórico vertiginoso.

Aníbal hacía pasar toda la teoría por una licuadora de creatividad y crítica, disparando ideas y relaciones para todas las direcciones. Le encantaba Bateson y su idea de “la pauta que conecta” ideas sólo en principio lejanas para volverlas amigas y hacerlas producir otras nuevas. Había transformado el populismo del que venía –como muchos, dejó el peronismo cuando llegó Menem, pero como pocos, no se molestó en volver– en una máquina de creatividad e irreverencia crítica. En 1994 publicó Navegaciones, un libro descomunal, lleno de hallazgos y sugerencias: entre otras, la de que lo popular no es una lista de bienes sino un modo de pensar, una manera de relacionarse con el mundo y con la vida tramada con el cuerpo y la oralidad, con el olfato y el humor. Se había vuelto un teórico de la comunicación, pero su apuesta seguía estando junto a la práctica periodística: todo el tiempo les recordaba a sus alumnos que un buen periodista debía leer de todo durante toda su vida.

Se había vuelto un teórico, y como buen teórico no paraba de producir empiria. Como le preocupaba enormemente el tema del territorio –Aníbal era un intelectual argentino, y eso no significaba porteñismo–, viajaba para confirmar teorías. Entre sus hazañas estaba haber remontado el curso del Salado-Chadileuvú; entre sus recurrencias, navegar en el Tigre siguiendo los itinerarios de Haroldo Conti; entre sus últimas travesuras, navegar hasta la Isla de los Estados.

Este recuerdo y este homenaje tienen un pliegue personal, como anuncié. Trabajé con Aníbal diez años; integré su primer equipo de cátedra en el regreso a la UBA, lo acompañé en el bar de la esquina de la facultad a tomar una copa mientras me anticipaba su próxima clase, disfruté los asados en su casita en el Tigre. Aprendí de todo, pero especialmente aprendí que había que inventar y arriesgar todo el tiempo, que investigar la comunicación y la cultura era un juego de conexiones y navegaciones. Diez años atrás nos peleamos, mal: éramos demasiado parecidos, dos calentones que para colmo habían aprendido a usar el mail sin pensar antes de apretar la tecla de “enviar”. En ese momento me dijo que ya estaba demasiado grandecito para ser parricida. La metáfora era cultural, pero también fue afectiva. Aníbal tenía la edad de mi papá, que se murió hace apenas 45 días. Así como un día descubrí que había hecho buena parte de mi carrera para hacerlo feliz a mi viejo, ahora entiendo que sigo publicando estas contratapas con la –ya perdida– ilusión de que Aníbal Ford las lea y se sonría con algún gesto de fordismo.




09 noviembre 2009

The New Socialism: Global Collectivist Society Is Coming Online

El artículo cuyo título lleva este post y que Seba Lorenzo, traduce en http://www.sebalorenzo.com.ar/2009/10/27/the-new-socialism-global-collectivist-society-is-coming-online/, me llegó a partir de una actividad del "Primer taller internacional de formación online sobre el uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones como herramienta para la participación política".

Una lectura desprevenida del mismo, impulsa a cualquier idealista promedio a pensar que realmente estamos en una cruzada anticorporativa, que nos puede conducir hacia una sociedad mejor no muy lejana, desarrollada e igualitaria, que haremos con nuestras propias manos y teclados.

Sin embargo aparecen algunas cuestiones, que políticamente son insoslayables.

Somos una sociedad de consumo y el consumo necesita mover bienes y servicios.

La mayoría de estos bienes y servicios, están producidos por unas 56 multinacionales, que reunidas tienen más poder que el 95% de los estados nacionales.
El otro 5% son los países centrales que concentran el capital financiero y el poder de dividir internacionalmente el trabajo por vías coactivas (organismos internacionales, intervención de filiales, manejo de medios de comunicación, etc.) o por vías coercitivas (invasión militar bajo los más diversos eufemismos).

Vivimos en una tercera fase del capitalismo, donde los centros hegemónicos se reservan la producción de tecnología (sobre todo aeronáutica, informática, de medicamentos y comunicaciones) y sólo dejan a zonas periféricas del primer cordón (Asia Pacífico), la producción de manufacturas y servicios simples o con tecnología de la segunda fase (textiles,automotrices, artículos del hogar, etc.), reservando el papel de productoras de materia prima a la mayoría de América Latina (segundo cordón) y de reserva futura de producción a África (tercer cordón).

En este contexto, pensar que el software libre, las redes sociales o las iniciativas cooperativas en red, transformarán el sistema político trayéndonos bienestar, es tan infantil o interesado como pensar que por usar Linux y sus programas asociados, tenemos informática e Internet gratis (ya que el harware y la conexión sería otra cosa distinta).

Hay un gran discurso hegemónico, que como en otras épocas, se esconde detrás de fenómenos seudolibertarios.
Hacernos creer que las corporaciones multinacionales están construyendo una estructura, que la acción democratizadora de los pueblos podrá transformar para darle un sentido virtuoso, es en realidad potenciar un consumo de ciertos sectores, para generar acumulaciones de capital desmedido que permiten desarrollar nuevas tecnologías (con grandes dividendos), que no se utilizarán para solucionar problemas tan simples como el hambre o la pobreza por la mala distribución.

Nuestro país es un claro ejemplo de lo que puede ser un modelo injusto en cuanto a la distribución de riqueza.
La reacción agrarista (que favorece el intercambio desigual, de vender semillas en forma de materias primas, por las que pagamos patentes y desarrollos tecnológicos que hacen multinacionales como Monsanto, Cargil, etc.), es un ejemplo de como el modelo primarizador nos hace periféricos, a partir de la falta de visión de los agentes internos.

Paralelamente los desarrollos tecnológicos exitosos son exportados, destruidos, privatizados o desalentados.

El mundo tal cual está, es la confirmación de que es importante empezar a pensar en lo nuestro y actuar sobre la economía real, si realmente queremos cambiar algo globalmente.

De otro modo sólo seremos algo funcional a un sistema que virtualmente parece cambiar en forma de innumerables simulacros de red.